Tahití, Bora Bora y Moorea

Tahití es la isla más grande de la Polinesia Francesa. Aterrizamos en el aeropuerto de Papeete temprano en la mañana procedentes de Auckland en Nueva Zelanda. Nada más aterrizar ya te das cuenta que está isla de cara es carísima. El alquiler de un pequeño coche BYD japonés cuesta 80€ al día. Así que nos limitamos a un solo día de alquiler para conocer esta isla que tiene una curiosa forma de ocho con un ístmo en el centro que la divide en dos partes. Tiene dos volcanes extintos que se ven a lo largo de toda la isla. Uno de ellos tiene la increíble altura de 2.240 metros, el monte Orohena, en una isla poco más grande que Menorca. Empezamos nuestro recorrido por la parte norte que es muy agreste, con playas de arena negra y dura ideal para surferos. Hay un mirador espectacular de parada obligada en un lugar llamado Magina junto a unos árboles milenarios. Los accesos hacia el interior de la isla son muy complicados y montañosos con bosques impenetrables y con el problema de que las carreteras son de tierra y en muy mal estado. Hay unas aguas termales muy visitadas cerca de la carretera y paramos a ver cómo los niños se divertían jugando en ellas.

Decidimos almorzar en un complejo llamado Manava Resort donde nos sirvieron el delicioso “poison crue an leit du coco”. Después del istmo y hacia el sur están las playas más suaves y espectaculares. La más famosa es PK18, con acceso muy cuidados y con una playa impresionante que más parece una piscina gracias a la pared de coral. De vuelta a la capital Papeete al atardecer elegimos un sencillo hotel no demasiado caro, el hotel Sara Nui y dimos un paseo por la ciudad, pero nos gustó muy poco, muy occidentalizada por los franceses. El idioma oficial es el francés, sobre todo en esta isla, aunque luego en otras islas del archipiélago comprobamos como casi todo el mundo prefiere hablar tahitiano. Un amable tahitiano nos enseñó algunas palabras: Yaurrana, es hola. Nana es adiós. Maruru es gracias. Marururo, muchas gracias. Nejeneje es guapa. Y mi favorita y la que más representa estas gentes, MAEVA, bienvenido. 


Pertenecen a la Republica francesa aunque gozan de una cierta independencia pero que les cuesta a cambio mandar a la metropoli un “cheque todos los años. El nivel de vida es altísimo, viven del comercio y lo tienen que importar todo, por eso los elevados precios. Al día siguiente volamos a la famosa Bora Bora. Solo por las vistas de las islas y la pared de coral ya valdría la pena este viaje. Nos alojamos en una villa muy bonita llamada Villa Rijana, cuya dueña Laura es una palentina que vino aquí de vacaciones y se enamoro de Gary, un artista francés residente en la isla. Decidió casarse y montar una residencia muy bonita con influencias italianas y con muchas esculturas del dueño, que por cierto tiene una escultura hecha por él en el muelle nada más salir del aeropuerto para coger el barco. El aeroupuerto está en una lengua de mar artificial que construyeron los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Le llaman Motu, que aquí quiere decir isla. La orografía de la isla es tan espectacular como Tahití, montañas altas y escarpadas, verdes colinas y vegetación impenetrable. Una carretera circular no te lleva más de cuatro horas en dar la vuelta completa con tiempo suficiente para ver muchos lugares increíbles. La mejor playa es Matira, la plage, como todos la llaman aquí, una playa kilométrica de arena blanca. Nosotros pasamos allí una mañana y comimos de nuevo el pescado crudo en el restaurante Bora Bora a pie de playa con unas deliciosas aguas de coco. Hay un lugar muy conocido para cenar llamado Bloody Mary, que es donde van todos los famosos y dejan billetes de su país y sus firmas en la pared de entrada. Es caro y no tiene tanto de especial, más que el suelo es de “arena de la playa”. Hicimos una excursión muy completa junto a unos franceses muy simpáticos que se hospedaban también en nuestra residencia. En el mismo día nos bañamos en la laguna junto a los tiburones limón, dimos de comer a las mantas rayas, vimos en las profundidades el tiburón negro y la raya águila, jugamos con pulpos en nuestras manos, almorzamos en un pequeño motu comiendo deliciosa comida con nuestras manos sobre un plato hecho de hojas de palmera y por último y después de cantar a coro canciones locales acompañados al ukelele, casi aprendimos a partir cocos.


La anécdota del día fue que perdimos el avión. Estábamos tan a gusto en la plage y calculando nuestra hora del vuelo, que no caímos en la cuenta que los traslados en barco de la isla al aeropuerto son cada ciertas horas. De todos modos nuestros amables anfitriones nos cambiaron el vuelo para primera hora de la mañana e incluso nos ofrecieron gratis el alojamiento para esa noche. Gracias a este “inconveniente” pudimos disfrutar de nuevo a primera hora de la mañana de unas vistas impresionantes de los corales pacíficos. Al llegar tan temprano incluso tuvimos que esperar a la salida de nuestro Ferri hacia la isla hermana de Tahití y un lugar con el que soñaba estar, Moorea. Resulta que cuando compre mi pequeña lancha en Alicante a su propietario francés hace ya más de diez años, el nombre del barco era Moorea. Yo ni siquiera había oído hablar de este lugar, y me prometí a mí mismo viajar algún día allí.El trayecto dura unos 40 minutos y tan pronto llegamos, y como solo teñimos ese día ,alquilamos un coche bastante más barato por 60 USD y dimos la vuelta a la isla en sentido antihorario. Esta preciosa isla tiene forma de murciélago y tiene en su forma el dibujo en cada punto kilométrico. La playa del hotel Sofitel es la primera que te encuentras nada más salir del aeropuerto dirección noreste, esta muy salvaje salvo en el area privada del hotel. Al norte y digamos en la cabeza del murciélago se encuentra la apacible bahía Cook. Antes de llegar y a la altura del hotel Hilton, paramos a comernos unos deliciosos mangos en la misma orilla de la playa. En el centro de la bahía sale hacia el interior una carretera circular muy recomendable. En el trayecto ves inmensos campos de piña, que es la única producción propia de la isla. Un segundo desvío te sube hasta el mirador Bellvedere dese donde las vistas de las montañas y de la bahía son increíbles. Allí hay un puesto aunqu muy caro para tomarte la típica agua de coco.


Hacia el noreste se encuentra la playa de Tiajura, para mi la playa más bonita de toda la isla. En el Letipaniers Resort puedes tomar un refresco y ver a los turistas practicar toda clase de deportes acuáticos. Más al sur puedes ver en las inmediaciones de la carretera los sorprendentes Tikis y también la exposición en Tiki Village. Estas figuras representan a los viajeros que visitaban estas y otras islas. También se pueden ver una especie de cementerio ritual con piedras dispuestas en disposiciones geométricas que según nos contaban simbolizaban las peticiones a sus ancestros para que los protegieran de la furia de los mares, tsunamis y maremotos. Ver ballenas y delfines es habitual ver en estas costas pero no en esta época, más bien en Agosto o Septiembre. 

El nombre de Moorea quiere decir decir: Moo, salamandra, Rea, amarilla. Y al atardecer tendríamos que coger el Ferri de nuevo hacia Tahití para volar esa misma noche hacia nuestro nuevo destino, la Isla de Pascua.

Aunque viajes por el mundo para encontrar la belleza, debes tenerla dentro de ti o no la encontraras.

Has de entender que el sentido de la vida es Tener Historias para Contar y no Cosas para Mostrar.

José Andrés.

http://www.elviajerotriton.com

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