Kioto

Kioto es considerada por muchos viajeros la Florencia de Oriente. No les falta razón. Fue la capital del país durante más de mil años y es un encuentro con la esencia del Japón tradicional. Posee los templos, jardines y palacios más hermosos, así como los barrios más tradicionales con sus casas de madera de una o dos plantas, con linternas de papel, telas con ideogramas, talleres de cerámica, sedas, y estrechas calles que serpentean por canales y riachuelos por los barrios de Pontocho y Gion, los barrios que despiertan cuando la noche asoma. 
 
La ciudad está rodeada de colinas con bosques saludables y espectaculares donde se refugian los templos. Algunos de estos templos son sintoístas, otros budistas. El sintoísmo representa la religion original y ancestral, animista y exaltadora de la naturaleza. El budismo, más moderno llega a través de China y hoy es la religion mayoritaria.
La lista de lugares a visitar sería interminable y de veras que no exagero, interminable. Pero por destacar, los innumerables bodishatvas del templo Sanjusngen-do, la decoración espectacular del castillo Nijo-jo, el estanque del templo Kinkaku-ji,el jardín zen del templo Ryoan-ji y la vista panorámica desde las terrazas el templo Kiyomizu-dera.

A este último lugar donde ver la puesta de Sol se puede llegar caminando por uno de los paseos más bonitos que he hecho en mi vida, el Camino de la Filosofía. El camino discurre a lo largo de un viejo canal a lo largo de una interminable alameda de preciosos árboles y dispone de numerosos bancos para sentarse a relajarse y pensar. Comienza en un puente junto al Gingaku-ji y durante el trayecto puedes desviarte y visitar otros cercanos templos.

 
Pero quizá fuera en el templo Ryoan-ji donde  llegara a experimentar aquello que  buscara en mi viaje de la forma más auténtica. En este templo está el jardín más célebre de Japón, la obra maestra del estilo karesansui o paisaje seco. Es un rectángulo de 30 metros de largo por 10 de ancho. Está cubierto por grava blanca que es rastrillada de forma lenta y meticulosa cada mañana. En el centro hay dispuestas de forma aleatoria 15 rocas rodeadas de musgo y aparentemente abandonadas según mis ojos occidentales. En uno de los lados hay un muro de arcilla con un pequeño tejado de madera quedando cerrado por tres lados. En el cuarto lado hay una tarima flotante donde puedes sentarte a contemplarlo. Puro Zen. Después de la serena contemplación y en el interior del templo puedes escuchar las explicaciones que algunos monjes cuentan de su creador, de hace 500 años quien no dejó ninguna explicación. Algunos, me dice un monje interpretan las 15 rocas agrupadas en 5 grupos como una metáfora de los 5 principios budistas. Otros ven islas en el océano, o cumbres sobre las nubes. Entonces me animo y le pregunto qué piensa él de estas explicaciones. Su contestación es un auténtico regalo: “¿sabes qué diría un maestro Zen?. Siéntate y admira este hermoso jardín. No te pierdas en parecidos o explicaciones. La grava es grava. La roca es roca. ¿Que otra cosa podrian ser sino?. La única verdad del Zen es que no hay nada que buscar.
 
Jose Andrés. 
Kioto Septiembre 2019.

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