Vang Vieng

Ha amanecido en la pequeña ciudad de Vang Vieng y yo estoy escribiendo inspirado por estos bellos paisajes. Un señor se sienta en mi mesa, aparco mi bloc de notas y entablamos conversación. Se llama Boon, tiene 75 años y acaba de llegar a la ciudad con toda su familia. Es laosiano pero ya se considera canadiense puesto que lleva allí viviendo más de cuarenta años. Emigró de un país con muchas dificultades económicas en la década de los setenta y ahora vuelve todos los años para que sus hijos y nietos, que ya han hecho carrera y fortuna, no pierdan las raíces de su pueblo. Su esposa Tum, se esfuerza en insistir lo bello que es este país y no oculta una pasión que quiere trasladar a las nietas que la acompañan. A los hijos tenemos que darles raíces pero también hay que darles alas. Que vuelen y aceptar verlos volar. Eso lo aprendí muy bien de mi padre. Y es que un padre, es capaz de hacer cualquier cosa por sus hijos, menos lo más importante, dejarlos que sean ellos mismos. Nos afanamos en conducir vidas que no nos pertenecen y olvidamos a menudo que educar es simplemente dar ejemplo. Y no digamos de la carga que debe ser para un hijo tener que ser la felicidad de un padre. En fin, a lo que iba…

Debió ser muy duro para este hombre tomar una decisión tan importante y dejarlo todo para empezar una nueva vida tan lejos y tan distinta a la que tenía. Era eso o vivir en un país sumido en la autarquía y en constantes luchas internas entre comunistas y capitalistas. Peleas entre hermanos a fin de cuentas, nada nuevo. Ayer me llegaron noticias de mi país, mi querida España, donde un energúmeno sale en la televisión sonándose los mocos con la bandera nacional. Vaya mi tristeza y mi silencio. Yo aquí sigo tan orgulloso de mi patria, la patria de mis antepasados, por cierto muy querida y valorada en todo el mundo y por todas sus gentes.

Esta ciudad es el destino mochilero por excelencia en Laos. Si vienes de Luang Prabang el autobús te deja, después de 8 horas por una carretera de montaña y en muy mal estado, en una calle polvorienta de película del oeste americano. Pero nada más bajar ya te das cuenta que aquello va a ser muy divertido. Múltiples actividades de naturaleza y sobre todo famoso por el tubing (los aros en forma de donuts para actividades acuáticas), que puedes practicar en las Blue Lagoons que se encuentran a unos 15 kilómetros de la ciudad. Puedes alquilar una bicicleta, una moto o un Buggy para moverte por los caminos de tierra y ripio. No olvides el pañuelo para taparte la boca. Nosotros elegimos la moto que cuesta 6€ el día mientras que un buggy cuesta unos 50€ unas cuatro horas.

Mi consejo es que dediques un día a las lagunas y otro al tubing y la cueva de agua. Las distancias te pueden parecer cortas pero es agotador recorrerlas y luego la actividad que vas a hacer en ellas te van a dejar roto. El perfil de público que vas a ver mayoritariamente es mochileros europeos entre 20 y 30 años y coreanos entre 50 y 80. Si has leído bien. Los coreanos son los que animan la fiesta aquí, más ruidosos que los mediterráneos y no se pierden una diversión acuática o de tirolina. Son la caña. Aquí lo pasas bomba tengas la edad que tengas.

Tham Shang es la pequeña villa donde se encuentra la cueva del elefante y la cueva del agua. La Water Cave es espectacular y si vienes en época seca puedes recorrer casi dos kilómetros de cueva montado en un “tube o donut” y arrastrándote corriente arriba por unas cuerdas atadas en las paredes de la cueva. Nuestro guía nos invitó a apagar todos las luces al final del recorrido y estar un momento en silencio. Simplemente sobrecogedor, no puedo explicarlo con palabras.

La otra zona son las lagunas y la cueva Tham Phou Kam. La entrada es un euro así como los peajes de los puentes y de los miradores. Todo a un euro. En la laguna,que por cierto, es mucho más pequeña de lo que te puedas imaginar, la gente se divierte lanzándose al agua con la cuerda atada a los árboles o lanzándose en largas tirolinas desde los arboles. Una senda empinada te lleva hasta la inmensa cueva. Procura llevar una linterna frontal para las zonas más oscuras y también llevar buen calzado y mucho cuidado en las zonas resbaladizas. Un buda reclinado preside la impresionante cueva.

Pero para un amante de los atardeceres, lo mejor son los miradores que hay en el camino y que se pueden ver en lo alto de las puntiagudas montañas. Hay varios y están muy bien indicados. Serán de cuarenta minutos a una hora de duro y empinado esfuerzo pero que te valdrá la pena y estoy seguro que luego no querrás bajarte de tan bello lugar. El más espectacular es Pha Ngern View Point donde te sorprenderás al encontrar un puesto de refrescos en la cima. Recomendable llevar linterna frontal para la bajada si es como yo decides ver el atardecer. La bajada es una hora por zona frondosa de selva y casi sin visibilidad al caer la tarde y aunque La Luz del móvil es útil, necesitas las dos manos para apoyarte en la empinada bajada.

Para cruzar al otro lado del rio Nam Song es preciso hacerlo a través de unos puentes tibetanos de suelo de madera y que se comparte por peatones, motos y coches. Muy divertido. Nosotros los cruzamos un montón de veces, al principio da algo de miedo pero te acostumbras.

Otra experiencia que vale la pena y no es muy cara con respecto a otros lugares ( en Bagan nos pedían 380 dólares por persona ) es ver atardecer en globo. Cuesta unos 90 dólares y te suben a unos 700 metros de altura para disfrutar de unas impresionantes vistas de todo el valle y del atardecer con las montañas del fondo. Imposible aburrirse en esta ciudad.

Como nuestro restaurante favorito os dejo el Happy Mango Thai, excelente comida fresca y también trató y atención. La cocina es thai y laosiana y es muy pequeño así que te aconsejo reserves o tengas la paciencia oriental que nosotros ya estamos adquiriendo. Por supuesto no dejes de pedir una cerveza beerlao bien fría o si no quieres alcohol cualquiera de sus deliciosos jugos naturales, de mango, de aguacate o de fruta de la pasión y del dragón.

Como en todas las ciudades asiáticas por la noche tienes la visita obligada al Night Market, un lugar donde saborear la street food de pie o en pequeñas sillas infantiles que aquí parecen ser algo habitual, ocupan poco espacio y la gente local suele ser pequeñita. Y por supuesto también cientos de puestos de ropa, souvenirs y muchas más cosas que hace las delicias de las mujeres. Hay que tenerlas contentas.

Antes de marcharnos y con cuatro horas de espera para nuestro bus a Vientiane, no pude resistir la tentación de llevar un buggy por los alrededores de esta ciudad en la que tan bien nos lo habíamos pasado. Un lugar divertido, barato, bonito y con unos alrededores espectaculares y lleno, muy lleno de vida.

No, ya no necesitamos dormir más. Son nuestras almas las que están cansadas y no nuestros cuerpos. Necesitamos naturaleza. Necesitamos magia. Necesitamos aventura. Necesitamos libertad. Necesitamos calma. Necesitamos ser auténticos. No necesitamos dormir más. Necesitamos despertar, levantarnos y vivir.

Memento mori.

http://www.elviajerotriton.es

Un comentario sobre “Vang Vieng

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